Los cerrojos de la noche

Cartas intemporales
Ayer noche, como si antes de acostarme me hubiera untado con la sangre de una abubilla, sufrí una horrible pesadilla. Hallándome en Irlanda vi un pájaro de pico rojo que tenía las plumas de muchos colores. Esto, como puedes pensar, no tiene ninguna importancia -habrás visto muchos en tu jardín junto al Nilo de diferente forma y tamaño- si no fuera por verlo nacer de una flor que tenía los mismos colores. La arranqué para llevármela a casa. El pajarillo que volaba sobre mi cabeza sin dejar de trinar y dar vueltas, cayó muerta a mis pies en el instante que separé la bella flor de su tallo.
Al día siguiente, caminando en compañía de un desconocido hacía el mar, le conté la historia. A él no le extrañó nada: “En este país existen árboles que, como los frutales, crecen de sus ramas pájaros que penden de sus picos. Con el tiempo los que caen en la tierra mueren, los que caen en el agua viven” me dijo sin muestras de extrañeza alguna, y siguió:
“Cuando llegue la noche -si permaneces conmigo- ya te contaré una historia relacionada con los que como tú miran a las mujeres con la misma concupiscencia que has mirado a la mesonera. ¡Recuerda a la que David envolvió a Betsabé!”
Algo raro noté en el extraño compañero de viaje. Nunca alzaba la cabeza y dejaba ver unos párpados grandes y negros que no dejaban ver los ojos. Su boca despedía un aliento fétido. Me puse en guardia. Plinio cuenta que existen hombres-animal de párpados grandes, -ojos semejantes a los bueyes- que si miran directamente a tus ojos, puedes morir inmediatamente. Me separé velozmente de él y desandando la senda que habíamos recorrido me recogí en la posada.
Desperté sobresaltado. A mi lado yacía la mesonera. Aromas de los cedros del Líbano y canela perfumada seguía desprendiendo su cuerpo convertido en un sahumerio. Y fue ceniza. Y fue un gusano blanco y muy menudo en un instante. De inmediato, de una llama color fenicio, nació una bella mujer joven. Era igual que la egipcia que había conocido en Egipto hace ya quinientos años.
Uxa, sólo te lo cuento a ti: el Fénix existe, solo hay uno en el mundo, pero existe. De las cenizas de un viejo amor, nace otro joven amor. Soy como la ibis: ¡impuro! No sé nadar en las aguas profundas del amor, solo puedo pescar donde flotan los amores muertos. Soy como la salamandra que apaga el fuego. Y como los centauros tengo dos almas. Cuando muera, si muero alguna vez, quiero que me entierren en Tesalia, tierra de Aquiles. ¡Te rindo homenaje mujer de la paz, señora de los gozos del corazón!
¡Mi corazón está feliz, el aura se eleva sobre mí! ¡Ojalá caminemos entre los elegidos de Osiris!
Belit-Seri